Buenas madres

En los últimos años hemos asistido a la expansión de un movimiento que se
autodenomina “crianza natural” o “crianza con apego” y que favorece unas
determinadas pautas de cuidado. Esta corriente se basa en cuatro pilares. El primero de
ellos es el colecho, lo que habitualmente significa dormir madre y niño en la misma
cama; el segundo el amamantamiento a libre demanda, amamantamiento que finalizará
cuando el niño lo decida; el tercer principio es el porteo o llevar al niño pegado al
cuerpo y el último, la rápida respuesta a las señales del bebé para evitar que llore,
completa esta mal llamada crianza con apego.

Como explica Alan Sroufe, uno de los mayores investigadores sobre el apego, “este
movimiento es un engaño. Ha tomado el mismo nombre de un campo de la ciencia que
estudia el desarrollo del ser humano y eso provoca mucha confusión”. Este experto se
refiere a que esta corriente no tiene una base científica, ya que ni los preceptos ni las
pautas que aconseja se basan en investigaciones ni derivan de la rica teoría del apego.
Según esto, “seguirlas no es garantía de un vínculo seguro y, si los padres no las
cumplen, su criatura no tiene por qué tener ningún problema”.

Compartimos las ideas de que lo fundamental para criar bien a un hijo es la
sensibilidad del cuidador para responder a sus necesidades de manera apropiada y
efectiva; y que la formación del apego es algo progresivo y complejo, que no se puede
reducir al mero cumplimiento de consignas ni basarse en el mayor o menor contacto
puramente físico.

Para ahondar en esta perspectiva, vamos a revisar uno por uno los cuatro pilares en los
que se apoya esta moda, defendida como si fuese la mejor forma de crianza para
asegurar el desarrollo de los niños y niñas.

Dormir durante los primeros meses de vida cerca de la madre es aconsejable tanto para
el bebé como para la madre, pero dormir durante los cuatro primeros meses en la misma
cama está desaconsejado y después de esa edad siempre habrá que tomar unas
precauciones que no todos los padres están preparados para cumplir. Por otra parte, en
este modelo se orienta a mantener el colecho mientras el bebé mame y se propone a la
vez que sea el propio niño quien decida el momento del destete, entonces, ¿cuantos años
durará el amamantamiento? ¿hasta que nazca un nuevo hijo que desplace al primero de
la cama y del pecho de la madre? Y otra cuestión: ¿duerme el padre en la misma cama o
como a menudo proponen ha de dormir en otra?

En segundo lugar, pese a que está demostrado que el apego se desarrolla con la misma
seguridad mamando que tomando el biberón, y que lo importante es que se dé alimento
cuando el bebé tenga hambre, este movimiento defiende tan a ultranza el
amamantamiento que sus promotores culpabilizan a las madres que, por la causa que
sea, no amamantan a sus hijos o no lo alargan en el tiempo. Y respecto a su correlato,
esto es, la alimentación a libre demanda, se ha subvertido este principio de tal forma que
en la web de “la liga de la leche” se afirma: “ofrecer el pecho es la forma más rápida de
calmar a un bebé”. Que siempre que el hijo tenga una molestia corramos a calmar su
queja ofreciéndole un pecho, sea de día o de noche, impide que el niño aprenda a
calmarse y dormirse solo y, además, ¿qué ocurrirá cuando el niño crezca? ¿No buscará
apaciguar cualquier ansiedad o malestar a través del placer oral y del alimento?

El vínculo que se establece entre un bebé y su cuidador se ha comparado con un baile:
la buena coordinación y el entendimiento entre los bailarines es lo fundamental y, para
lograr esto ¿servirá de algo estar uno pegado al otro casi día y noche, que es lo que
propugna el porteo? Sabemos que ser buen cuidador significa estar disponible para
cuando el bebé necesita atención, pero con esta práctica la complejidad y calidad del
apego entre madre e hijo se reduce a una mera cuestión de cantidad, a horas que estén
pegados uno al otro y prodigando el cuidador una atención que el niño ni demanda. ¿No
será este un nuevo modo de culpabilizar a madres y padres que no pueden estar todo el
día con su bebé?

Por último, aunque la costumbre de todos los padres y madres es intentar calmar el
llanto del bebé, han puesto de moda pensar que se generan problemas si el llanto se
repite o prolonga. Como hemos dicho, todas estas pautas no tienen aval científico y en
esta cuestión se invierten términos no equivalentes: que un porcentaje significativo de
niños que tienen problemas de aprendizaje hayan sido llorones de pequeños no significa
que los bebés llorones tendrán luego dificultades. Además, este hacer creer que el llanto
en sí mismo genera problemas ¿no es una forma de preocupar inútilmente a los padres y
madres de todos esos niños que padecen el cólico del lactante, de los que lloran de
forma inconsolable y de esos bebés irritables o inquietos?

Entonces la cuestión es ¿por qué un método tan exigente, que no tiene crédito
científico y que culpabiliza a quien no practica sus consignas se ha puesto de moda?
¿Solo se sigue por eso, porque “hay que estar a la moda” o es una tendencia unida a
otros movimientos de actualidad?

Quizá por el retraso a la hora de ser madres, las mujeres sean ahora aún más
conscientes de que la crianza de un hijo es lo más importante que tienen entre manos y
en consecuencia harán todo lo que los gurús, sean falsos o no, digan que hay que hacer
para beneficio de su criatura.

Pero otro motivo de mayor calado es que con estas prácticas lo que se promueve es
reducir la vida de la mujer a un exclusivo papel de madre y ama de casa, apartándola de
la progresiva igualdad de derechos con el hombre y de sus metas laborales hasta
conseguir alejarla del mercado de trabajo, algo que viene muy bien al sistema dada la
crisis económica.

Y en conclusión, además de ser un movimiento claramente antifeminista, esta
tendencia viene a sumarse a todas esas otras corrientes de pseudociencias y
pseudoterapias, que van desde el creacionismo hasta la homeopatía, que utilizan
palabras del mundo científico y alteran el significado de términos y conceptos para
convencer de que sus opiniones y creencias tienen tanto valor como el conocimiento
científicamente demostrado.